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Ramón Mérica pregunta a Zum Felde: ¿SALIMOS, DON ALBERTO?

Es cierto: toda la memoria - la riquísima, fascinadora memoria - de don Alberto Zum Felde ya ha sido vertida en conferencias, fascículos, homenajes, ensayos, en sus propios libros, en los testimonios de gente que tuvo o tiene cercana. Todo eso yo ya lo sabía cuando intenté someterlo a una entrevista - máxima vanidad - porque como él mismo lo dice:Todo lo que yo podría decir o contar ya ha sido hablado, contado y hasta publicado.

Pero por eso mismo - por la tremenda dificultad que implicaba insistir con un personaje al que aparentemente ya no hay nada que preguntar - fue que me propuse la quijotesca empresa de someterlo a un reportaje, de reflotar con él toda esa esplendorosa Generación del 900 de la que es el único gran sobreviviente.


ENTREVISTA EN MONTEVIDEO / RAMON MÉRICA


Pero era inevitable no caer en el lugar común: ¿cómo es posible hablar con don Alberto y no derivar en su amistad con Julio Herrera y Reissig, con José Enrique Rodó, con Carlos Vaz Ferreira, con Florencio Sánchez? ¿Cómo no desembocar en algún momento de la conversación en el recuerdo de ese impalpable romance que se dice mantuvo con Delmira Agustini?
Todo eso ya se sabe - y se sabe demasiado - pero de ninguna manera, por remanido que fuera, podía permitirme dejar a este gran protagonista fuera del grabador.
 

Y bueno: justamente con el grabador empezaron las dificultades, ya que como intransigente representante de una época no tecnificada, la presencia de ese minúsculo aparato entre los dos lo perturbaba, lo hacía salir de tema a cada instante, le hacía volver a las negativas iniciales de que no tenía ningún sentido este reportaje. Y si bien don Alberto tenía sus muy fundadas razones para negarse y proclamar de antemano que todo sería un fracaso, yo por mi parte tenía otra preocupación: la de ver - más allá de la imprescindible necesidad de apelar a un enfoque más o menos inédito de su personalidad - en qué forma podría ser atacado el personaje, en qué rincón de su memoria debería ubicarme yo para extraer algo que, aunque repetido, tuviera por lo menos un soplo de cosa fresca, nueva.

Y así, entonces, mientras mi insistencia durante tres años se estrelló siempre contra su negativa, me nació la idea que rigió la estructura del encuentro: hacer una caminata, un recorrido por los lugares que setenta años atrás lo vieron desfilar - aludo sombrero bohemio sobre los cabellos rubios y ondulados, aristocrática estampa de romántico anarquista - que lo vieron pasar, rollo de frescos poemas en la mano, escudado en un nombre tan lírico como su época: Aurelio del Hebrón.
 

Hoy, cuando todo ha pasado, puedo regodearme con algo que nadie de mi generación puede: yo caminé con Aurelio del Hebrón por el Montevideo del Novecientos, entramos en el Polo Bamba y el Café Moka, fuimos juntos al entierro de Julio Herrera donde Aurelio se avalanzó entero, con furor, contra una sociedad que no había entendido al gran poeta, vimos a los Agustini tomando sol bajo los plátanos de la Plaza de Cagancha, presenciamos los abismos alcohólicos de Javier de Viana y Florencio Sánchez, nos sentamos en la platea del Urquiza la noche en que Ruben Darío fue homenajeado por la intelligentzia montevideana y el personaje de honor - en copas, como de costumbre - se durmió sobre pomposos discursos, nos codeamos maliciosamente cuando Angel Falco y André Giot de Badet afloraron, tomados de la mano, en una noche de ópera en el Solís, asistimos a la simulación taciturna y reconcentrada de José Enrique Rodó cuando pedía té en una tetera que en realidad contenía cognac, festejamos juntos los desplantes de Roberto de las Carreras, revisamos sin frenos los anaqueles de la Librería Bertani, reímos, bebimos, nos sentamos, nos cansamos, lloramos juntos la espantosa muerte de Delmira.

Hicimos todo eso en lo que Borges llama la cuarta dimensión de la memoria, porque de todos los lugares que recorrimos y en los que entramos esa mañana, sitios y personajes que respiramos y vivimos, de todo eso ya no queda nada, pero qué importa: es otro capricho de la realidad, de la grosera realidad, esa eterna enemiga de la imaginación.

Y en esa misma mañana, como si fuera poco, cuando volvíamos con Aurelio y sus poemas por la calle Sarandí, nos topamos de repente con don Alberto Zum Felde que venía de sus diarias caminatas matinales y nos fuimos los tres juntos a apurar un gin fizz en uno de esos seriados bares de 18 de Julio donde reinan la cármica y el neón. Esa mañana, como nunca, la Máquina del Tiempo funcionó a la perfección.
No. Todo lo que yo podría decir o contar ya ha sido hablado, contado y hasta publicado. Además... (Primera negativa, hace tres años, cuando le confirieron el Gran Premio Nacional de Literatura).

Es que no sé qué le interesa saber... Yo ya no estoy para entrevistas, no tengo cosas nuevas que decir... Perdóneme... (Segunda negativa, en marzo de 1972).

No me tome por antipático. Venga a conversar, si quiere, pero entrevistas y reportajes no... Yo ya no acepto reportajes, aunque sean de una pluma fina como la suya. (Tercera negativa, en el invierno de 1973).
Yo ya le hablé. No dijo que no, como las otras veces, sino que está muy inquieto por tu insistencia. Dijo que vengas, a ver qué es lo que quieres. Vicariamente, la voz de su mujer, Clara Silva, anunciaba una ligera apertura a la negativa cerrada tras la que el patriarca se había escudado en las tentativas anteriores. Ahora, por lo menos, había una esperanza en convencerlo a hablar - cosa a la que no se llegó nunca - sobre temas que luego serían publicados - cosa a la que se negó desde siempre. (Conversación telefónica ocurrida en enero de 1974).

Así hasta que dos tardes después de esa conversación, un pretexto gastronómico - el célebre dulce de leche de Clara, un manjar al que sólo acceden los elegidos de su amistad y los admiradores de su poesía: Enrique Fierro, Espínola Gómez, Julia Usher de García Reino, el propio dueño de casa - sirvió como trampolín para llegar, por primera vez, ante la estampa patriarcal de don Alberto Zum Felde, el único gran sobreviviente de aquella pléyade que se dio en llamar Generación del Novecientos.

Como sucede con todo símbolo - gran símbolo de algo - esperar su aparición en la sala implica inquietud, una inquietud que no se disipa con pasear la mirada por esa estancia llena de objetos, libros y cuadros, sino que puede aumentar cuando avanza silencioso, aéreo, con paso intangible, y modales británicos el señor alto y delgado, de ojos muy azules y rasgos modelados tan clásicamente como la célebre cabeza que le hiciera Michelena, y al mismo tiempo que estira la mano derecha; una paloma blanquísima con dedos como plumas, atacar con dístico: Su visita me produce un gran gusto y también un gran disgusto.

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